El Socialismo es también un Humanismo

 En 1848, en los Manuscritos, Marx formulo su crítica radical al modo capitalista de producción, a partir del concepto de alienación, que niega al hombre la posibilidad de modificar aspectos de los ámbitos en los que se ve involucrado, provocándole una conciencia falsa de su realidad.

En contraste, pasada la segunda mitad del siglo XXI, Luis Althusser, hizo famosa su cuña del antihumanismo teórico de Marx, haciendo alusión a la ruptura epistemológica del marxismo con el joven Marx, que permite fundar una ciencia histórica, que se refleja en la formación de una teoría de la historia y de la política fundada en conceptos radicalmente nuevos: modo de producción, fuerzas productivas, relaciones de producción, formación social, infraestructura, superestructura, ideología, clases, lucha de clases, etc. Desde este clivaje, del marxismo como ciencia, es lo que mas tarde, permite a Lenin desarrollar una teoría científica también, del estado, el poder y el partido como instrumento revolucionario.

Sugiero, que estas dos dimensiones, con nuevos contenidos pero con el mismo impulso epistemológico, han estado presente, en forma de tensión en el campo de las fuerzas progresistas en general y de la izquierda y de la política socialista en particular, con supremacía finalmente, de una concepción “científica” de nuestro quehacer, de una racionalidad despojada de la pregunta de sus fines y del sentido.

Hace algunos años, en Chile, a propósito de la pugna entre “autocomplacientes” y “autoflagelantes” se acuñó la expresión, a modo de síntesis de “orgullosos pero insatisfechos” tratando de superar y expresar estas dos almas.

Que duda cabe, del desarrollo innegable de las fuerzas productivas y de las condiciones materiales de existencia en nuestro país, en los 20 años de gobierno de la concertación democrática: disminución de la pobreza y extrema pobreza, aumento de la cobertura escolar y expectativas de vida, la irrupción de las masas en el consumo, el cambio físico con grandes obras de infraestructura de toda índole, nuestra reinserción e integración internacional, etc, es decir una profunda transformación de nuestro país, que nos permite avizorar la posibilidad de un país finalmente desarrollado o cercano a esos estandares.

Sin embargo, insatisfechos. Y ahora un país subjetivamente insatisfecho que llevo finalmente a la derrota electoral reciente en enero pasado.

Resulta al menos paradojal, a simple vista, que las mismas subjetividades emergidas y beneficiadas claramente por este innegable desarrollo, hayan puesto fin al camino que las sitúo en las dinámicas del progreso sostenido, social y económico.

Se puede seguir el derrotero crítico de los límites y vacíos, de las políticas sociales y económicas desarrolladas en los últimos 20 años, y de sus fracasos antes los niveles de desigualdad económica y social inerciales. Es cierto. Punto abierto a debatir.

Sin embargo, quiero sugerir una segunda dimensión a explorar: el déficit de la cuestión política por excelencia: cómo queremos vivir, la cuestión de los fines, cuestión hoy desechada con la conversión de la política en mera técnica, desprovista ya no del como, sino del tipo de sociedad que queremos construir.

¿No es caso la sintonía con la demanda del cambio, de la sensación de desprotección, de abuso, de fin a la corrupción, un malestar que demanda mayor “humanismo”?

¿No expresan todos los estudios de salud mental en Chile, con alto índices mundiales de prevalencia de trastornos emocionales y stress y, por otra parte, con aumentos sostenidos de consumos de sicotrópicos de distinta índole, una sociedad extenuada y maltratada?

¿No son esos padecimientos que hoy se hacen presentes, una denuncia del modo social actual, su huella psíquica y espiritual?

Una cosa es el precio a pagar para que sea posible la vida en común, y otra cosa es cuando la ecuación se invierte y la socialización se transforma en padecimiento y malestar.

Salvador Allende, en su libro de 1933 La realidad médico-social chilena, señalaba: Los países se valoran por la calidad de sus habitantes antes de que por sus disponibilidades materiales, se requiere de una población sana capaz de producir y hacer florecer el desarrollo industrial y económico. Esta es la misión del capital humano.

¿No le corresponde al socialismo una radicalidad, no solo en relación a las medidas, en el marco de lo posible, de la “política científica”, sino también del tipo de sociedad que queremos construir?

El socialismo no solo es una expresión radical de un humanismo, en relación a su lucha contra toda forma de desigualdad económica y social, sino también tiene como fin el desarrollo pleno del ser humano y de su individualidad y por ello apunta – en el marco del proceso histórico – a generar progresivamente las condiciones políticas y materiales de la libertad; y por lo tanto también se reconoce en la lucha contra toda forma de alienación esencial

En ese sentido, para los socialistas, medios y fines deben estar indisolublemente unidos y el socialismo entendido como un proceso de creación permanente de la articulación entre unos y otros. Los fines, vale decir el proyecto socialista y los valores éticos, le dan sentido al proceso.

¿No expresa el desencanto juvenil por la política, la denuncia de este déficit de humanismo radical?

Es cierto, que estas formas de anomia, son expresiones de un fenómeno mundial de las sociedades modernas. Pero no podemos naturalizar estos procesos. Una política socialista debiese conjuntamente convertirse en una crítica cultural radical.

No es fácil la respuesta, pero de modo muy general puede sostenerse la importancia de detener, como lo denomino el filosofo griego Cornelius Castoriadis, el avance de la insignificancia; bregando por una sociedad instituida alrededor de otras significaciones, en donde la relación con la economía debe dejar de ser el valor dominante e incluso exclusivo.

La necesidad de la construcción de una mayoría progresista por transformaciones dirigidas a conquistar mayores niveles sostenidos de  igualdad y libertad, no puede quedarse paralizada solo en el momento programático. Necesitamos conjuntamente el consenso en la sociedad en torno a ese nuevo sistema de valores, en la lucha contra toda forma sustantiva de alienación, y un sentido común, articulado en la solidaridad y el desarrollo cultural.

allende_1_.jpgUna política que recobre la Política para si y convoque no solo a nuevas prácticas, sino también  a la conciencia del proceso y del horizonte a construir.

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