El lenguaje del re-cambio

Suena a progresismo.

Si el relato del cambio hubiese evocado la profundización de los niveles de democracia o, transformación de estructuras sociales, entre ellas de los niveles de desigualdad social en primer término; la noche de la primera vuelta, Piñera y su equipo de asesores, no habrían llegado a la convicción, para el balotage,  del eslogan de “sigue el cambio”

Sin embargo, apelaron al recambio, no solo generacional, sino de la plantilla completa: nuevos rostros y nuevas prácticas o nuevos rostros para nuevas practicas. Suficiente. No fueron necesarios más contenidos para el grito de guerra.

Y dieron en el clavo

¿De que manera se entiende que el candidato del gobierno y de la Presidenta de la coalición, con niveles históricos de aprobación, no pudiera constituirse en el heredero de un presente vigoroso para la continuidad? Queremos cambio!- grito Fuenteovejuna. Y como suele ocurrir, se confundió el síntoma con la patología, o dicho en lenguaje sicoanalítico; el decir y lo dicho.

Y como toda comunicación es un mal entendido, nos quedamos cautivos y cautivados en el síntoma: el cambio. Como si fuera evidente que supiésemos que decimos cuando lo decimos.

¿El lenguaje del cambio, no convoca la posibilidad inicial al menos, de una satisfacción más inmediata tanto de las expectativas como de la solución de los malestares? ¿Como seducir con el relato de la gradualidad, del ladrillo a ladrillo, del “porque gracias a lo que hemos hecho, podemos seguir avanzando”, paso a paso?

Y es comprensible.

¿No son estos sujetos, parte de los 220.000 electores decisivos, identificados como aspiraciones, liberales en lo valórico y sin clivaje político, más proclives a las promesa contenidas en lo vertiginosidad del cambio y acontecer permanente? Que pueden agradecer y valorar lo realizado-tal cual lo hacen con sus padres- pero que quieren incorporar a su cotidianidad, la posibilidad de una satisfacción más inmediata: el millón de empleos, el fin a la corrupción, mapocho navegable, la selección campeona del mundo, etc.

Subjetividades creadas en estos 20 años. Al alero de una vertiginosa economía de mercado, pero además en un ambiente de des-politización. Ya sea por la asepsia de los conflictos sociales o lo que es lo mismo, la exposición de toda reyerta como contradicción principal. También domesticada por la inercia pedagógica desde los principios de los 90, cuando se convirtió la necesidad en virtud, y los movimientos sociales, fueron desalojados como actores incumbentes y decisivos, como respuestas a las disputas sociales y políticos.

Sujetos o subjetividades además acompañas por la tecnologías de la comunicación e información, qué duda cabe,  que se han convertido en el partenaire ideal, desalojando  a la política, en tanto conversación de proyectos colectivos, de sus emplazamientos y pausas tradicionales.

Sin embargo, el lenguaje del cambio, ya atravesó las meras fronteras de la derecha.

Ya lo había hecho con MEO, en primera vuelta, con variopintos motivos asociados.

Ahora también lo vemos en lo que queda o se reconoce como concertación; el recambio generacional: nuevos rostros para nuevas prácticas. ¿No es hasta acá, al menos,  el mismo argumento con que la derecha presentó el cambio?

No puede ser entonces lo único. Hay consenso en esto, pero aún no suficiente claridad.

Lo que puede hacer la diferencia: la Política. Es decir, la búsqueda colectiva del sentido, es decir de adonde estamos y adonde queremos dirigir nuestros esfuerzos. Donde emerja una autocrítica lucida, que no se esmere tanto en demandar las responsabilidades de los otros, como en pesquisar las propias por lo menos en el tiempo de la autocrítica, para sincerar lo que queremos modificar

Segunda condición: adecuar y sincerar las institucionalidades. Que sean efectivas y dignas. Contrapeso y refugio ante los liderazgos sectarios y discrecionales.

De lo contrario, el re-cambio será solo otro síntoma de un malestar no elaborado. O como decía Shumpeter, la democracia consiste en el reemplazo de una elite por otra elite. En Chile, claramente un recambio intra-elite. Nuevos rostros, pero con los mismos apellidos de hace 30 años.

Pregunta incumbente:  Si de lo que se trata, al final, es desterrar viejas prácticas e inaugurar nuevas, para lo que el recambio generacional, es algo así, como una condición necesaria, entonces ¿Las viejas y nuevas elites podrán representar, por ejemplo, el malestar ante los visos de nepotismo? En el parlamento, para que hablar de la administración pública, se constituyen familias que conforman prácticamente bancadas. ¿Punto ciego?

¿No habrá espacios también, para los González y los Tapia, de la política? Que el recambio generacional entonces no borre la huella genética y clasial de las elites.

cambio-social1.jpgPor cierto, algo de resignada historicidad para comprender como suelen ser estos recambios. Pero tampoco, no naturalicemos estos procesos. ¿No se trata, en parte el desafío,  también de recobrar la radicalidad perdida?

 

De lo contrario, corremos el riesgo de impulsar el cambio de unos pocos por otros pocos.

 

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